Solemos creer que las vacaciones ya se presuponen de placer, bienestar y expansión,  pero en numerosas ocasiones no cumplen, totalmente, el ideal de lo que para cada uno de nosotros deberían ser. Un ideal tan diferente como miles de personas somos. Para unos son equivalentes a:  viajes, diversidad, novedad, actividad. Para otros significa: desconexión, aislamiento, pasividad, descanso.

No obstante, unas buenas vacaciones es un auténtico regalo porque no siempre salen como imaginábamos,  a veces no disponemos del tiempo para ellas, o la economía no nos lo permite, para otros es un lujo inalcanzable.  Un  regalo que,  siempre,  merece ser agradecido.

Algo tan anhelado y deseado tiene su respuesta  a una continua insatisfacción en la que vive la mayoría de los seres humanos. La sensación de presiones y ataduras que se experimentan en el día a día, hace de volquemos multitud de expectativas en este corto periodo de ocio como si fuera la solución redentora a nuestros conflictos, para convertirse en satisfacciones parciales y compensatorias de numerosos vacios personales.

Quizás, el mayor secreto de unas buenas vacaciones es que no tiene secretos. Todo es muy sencillo, como la mayoría de las cosas relevantes en la vida. ¿Porqué no dejamos de lado al personajillo inquieto,  incansable  e insatisfecho que todos llevamos dentro y escuchamos el sincero reclamo de nuestro Ser interior?

Comparto plenamente la opinión de una amiga que me decía: Para mí las vacaciones es sinónimo de libertad”. Maravillosa palabra para definir una vacaciones perfectas:

Libertad de horarios.

Libertad de compromisos.

Libertad de tensiones.

Libertad de obligaciones.

Libertad de acción.

En definitiva…sentirse uno libre para hacer verdaderamente lo que nuestro Ser reclama.

Una libertad que viene desde dentro, sin las exigencias de un yo que cree necesario ocupar ese preciado espacio en cosas aparentemente útiles, productivas, culturales, deportivas, etc. Se trata de una vivencia mucho más intensa, a otro nivel:

La experiencia del momento a momento.

El contacto con la naturaleza regeneradora.

La paz que genera la plena atención.

Compartir con los que se ama.

La fuerza de la contemplación.

Fomentar el descanso del cuerpo.

Dejar atrás la agitación de la mente.

La actividad moderada y gratificante.

La plenitud que da una buena compañía.

El reencuentro con uno mismo.

No importa si es en una playa, en  una montaña o visitando una ciudad, si estamos solos o acompañados, la libertad del momento presente se lleva en el corazón. Difícilmente podremos recrear unas vacaciones saludables y renovadoras si no cogemos el compromiso de dejar atrás todas las resistencias  y comenzar con la mente limpia de intenciones, de grandes programas y propósitos.

La vacaciones deberían ser ese momento donde el horizonte se abre, para ver más allá de nuestro mundo cotidiano y comprender, finalmente, que el horizonte no tiene límites, aun después de ese periodo de añorado descanso.

!!Felices Vacaciones!!

 

María Ruíz