En algún momento de la vida las emociones y los sentimientos nos ponen verdaderamente en el abismo, al límite de nuestras reacciones e impulsos. Unos caen en él sumergiéndose en un torbellino demoledor, otros ejercen tal grado de control que ni tan siquiera la visión de ese vacío puede perturbarles, pocas veces sabemos encontrar el equilibrio entre la polaridad de ambos extremos.  Sin embargo, la gran prueba es estar delante de él, contemplar y aceptar el efecto de ese profundo sentir que nos hace seres humanos.

La experiencia del sentir forma parte de nuestra naturaleza, como un don que nos diferencia del resto de las especies. Algo completamente irracional, instintivo e inmediato. Un proceso de impacto que provoca  automáticamente una reacción  sin que medie una  evaluación o análisis, provocando una respuesta del sistema nervioso al estímulo efectuado.

Quien no ha sentido…..

El sobresalto ante un grito inesperado.

El dolor de una palabra hiriente.

La angustia de un esperar que se hace eterno.

La rabia en un momento de impotencia.

La exaltación de una inmensa alegría.

La tristeza de perder algo muy querido.

La soledad de un gran vacío interior.

La intensa ira de un enfado.

La calidez de un abrazo cariñoso.

El ser humano tiene el gran tesoro y a la vez el calvario de sus emociones, para bien y para mal, somos sentir en estado puro. Aun las personas aparentemente desligadas de esta expresión viva, guardan en lo más profundo del si la semilla del sentimiento.

Donde hay una emoción hay un sentimiento, únicamente las diferencia su perduración en el tiempo. El sentimiento implica una valoración consciente de la emoción, siendo más duradero y recurrente.

Ya en  la primera infancia hasta los 3 años, el  impulso de relación es desde lo instintivo y emocional, un proceso involuntario lleno de naturalidad, inocencia y espontaneidad. Es a partir de los  4-5 años que el niño empieza a tener una comprensión más racional de sí mismo y del entorno. Ello deviene del proceso de desarrollo embrionario del Sistema Nervioso que, al inicio, es poco maduro y donde predomina la inteligencia emocional manifestada a través del corazón, para después desarrollarse el sistema nervioso central y el cerebro en una inteligencia mas analítica.

¡Cuántas veces se intentan racionalizar las emociones! Es una forma de manejarlas, de entenderlas y controlarlas, también de anularlas para no sucumbir al sufrimiento que frecuentemente provocan. El análisis distante y frío es el mejor recurso para esas personas cuya isla emocional ha quedado enterrada en las profundidades de un corazón endurecido, debido a experiencias previas o como huella psicológica heredada a lo largo de generaciones.

La errónea gestión del sentir introduce la razón como única opción de relación  y comprensión, pero frecuentemente, las emociones se desbordan como aguas turbulentas entre diques de arena.

¿Cómo vivir las emociones de forma inteligente?:

* Es necesario una madurez psicológica, sin miedo al dolor.

* Contemplarlas con plena consciencia, lo que permite darles el justo valor que tienen.

* No entrar en el juego de la dualidad, no hay emociones malas ni buenas.

* El corazón es el centro del mundo emocional. Una inteligencia que despierta la expresión más elevada del sentimiento.

* Cuando los sentimientos están ligados a relaciones afectivas, han de compartirse y entregarse, porque su contención genera conflicto.

Permitir que los sentimientos broten desde las entrañas, agitando cada célula del cuerpo, rompiendo barreras en nuestra mente, es una de las experiencias más transformadoras que el ser humano pueda permitirse.  Solo así se despierta la excelencia del sentir que implica:  confianza, entrega, compartir, compasión, devoción, aceptación, sacrificio…..en definitiva, Amor.

 

 María Ruíz

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