Todos solemos padecer esa agónica sensación de que el tiempo se nos escapa como agua entre las manos. Envejecemos día tras día, noche tras noche e imperturbablemente las agujas del reloj continúan su camino sin pedirnos permiso. Pero… ¿porque sentimos que ese recorrido del tiempo diario, semanal y anual es aparentemente tan acelerado?.

Es complejo indagar en los entresijos del tiempo, medidos por la dinámica de unas agujas que se mueven a ritmo continuo.  En nuestra vida cotidiana miramos demasiado el reloj y dependemos de él, eso da una perspectiva del tiempo bastante rápida y material.

Hay  personas que no necesitan de esa esfera diabólica en su muñeca para saber en que momento del día están, la naturaleza, el sol, las estrellas, marcan continuamente el momento del día o la noche, pero estamos perdiendo la conexión con nuestro entorno para confiar en múltiples aparatos que guían nuestra existencia.

En realidad, no hay una verdadera percepción del tiempo, porque cada uno lo vive de una forma muy personal. A pesar de que una hora son siempre sesenta minutos, el correr del tiempo es tan individual como la propia experiencia de la vida.

Los niños tienen una apreciación completamente diferente, viven el instante que es inmenso y único. De adolescentes las horas son largas, parecieran que no avanzaran, como si el anhelo de que llegaran ciertos momentos las hicieran eternas. Ya de adultos el ritmo del reloj adquiere una gran relevancia, sumergidos en él y comandando nuestra vida, desde que nos levantamos hasta que nuevamente nos dormimos.

Pocas veces reflexionamos sobre la conexión que hay entre el tiempo y los pensamientos. Cada vez que pensamos estamos recordando un pasado o recreando imágenes de un posible futuro, en ese proceso se nos escapa la experiencia del «presente» donde el tiempo cobra una dimensión completamente diferente y novedosa. Sumergidos en el proceso de la mente, el tiempo se nos escabulle y la fantasía nos abstrae de la única realidad que acontece.

El verdadero presente, el que para el reloj y cada instante se hace eterno sin importar si es algo trascendental o cotidiano, no tiene medida solamente es experimentable cuando nuestra atención se focaliza en esos pequeños momentos sublimes, entonces un segundo es una inmensidad. El presente es el único momento donde tenemos el poder de cambiar el ritmo, donde somos verdaderamente dueños de nuestro tiempo.

Se nos escapa el tiempo y decimos que crecemos, maduramos y envejecemos, sin embargo, nuestra mente sigue sin evolucionar aferrada a vivencias y recuerdos conformando una existencia a base de hábitos, psicológicamente estancados mientras el reloj continua su camino.

Durante la historia, el dilema del tiempo no ha dejado indiferente a nadie:

«Un hombre que se permite malgastar una hora de su tiempo no ha descubierto el valor de la vida» (Charles Darwin).

«Lo único que realmente nos pertenece es el tiempo, incluso aquel que nada tiene, lo posee» (Baltasar Gracián).

«El tiempo es a la vez el más valioso y el más perecedero de nuestros recursos» (John Randolph).

«Un minuto que pasa es irrecuperable, conociendo esto ¿cómo podemos malgastar tantas horas?» (Mahatma Gandhi).

Lo paradójico de la vida es recorrerla como si fuéramos en un «Formula 1» para, finalmente, darnos cuenta que ojala hubiéramos ido paso a paso en cada experiencia, en cada acto de la vida, disfrutando del mayor de nuestros tesoros.

Y tú ¿cómo deseas vivir tu tiempo?

 

 

María Ruíz

 

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